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Fiesta de cumpleaños


Recuerdo la época cuando en mis cumpleaños aún no se celebraba una edad más allá de un dígito, cuando todas mis preocupaciones se centraban en qué sucedería en el siguiente episodio de mi caricatura favorita y lo que siempre deseaba era “ser grande”. Mis padres siempre respondían que disfrutara de mi edad, que cuando fuera grande ya no me gustaría tanto. De hecho; ahora, a mis 21 años no quisiera volver a ser pequeña, sino que he aprendido a que cada momento, cada edad tiene algo que ofrecernos que en otro espacio de tiempo no se hubiera gestado.
Esas celebraciones estuvieron llenas de color, con globos y confeti por doquier donde se degustaba de un pastel delicioso cuyo merengue dejaba a la vista de todos la imagen de nuestro personaje favorito del momento; ahora las cosas han cambiado, ya ni siquiera nos dan regalos un poquito parecidos a los de ese entonces, aunque supongo que en ese entonces habría sido más fácil decidir qué regalar puesto que la caricatura o el juguetito de moda era una guía infalible para lograr dar un obsequio exitoso. Eran edades en las que lo que menos deseábamos era que nos dieran ropa, queríamos todos los dulces y juguetes del mundo pero la ropa no siempre era lo más atinado aunque no se menospreciaba tampoco.
Tuve la fortuna de que muchos años mis padres me hayan preguntado qué deseaba de cumpleaños para precisamente darme un regalo más cercano a lo que quería y/o poder anunciar lo que deseaba, no recuerdo haber solicitado cosas “extravagantes” como un poni o cosas por el estilo, que recuerde eran cosas concretas: un estuche de pinturas de agua, alguna Barbie bailarina, un pianito, cosas así…
Ahora las celebraciones han cambiado por completo, aquel ambiente colorido y rebosante de canciones se ha tornado algo más silencioso, desde la nula planeación de alguna fiesta hasta que lo único que suena son las mañanitas y las felicitaciones telefónicas de quienes se acuerdan de la fecha. ¿Será acaso que al crecer perdemos gracia? ¿Nos dará flojera celebrar nuestra edad pasada cierta cantidad? ¿Tendría algo de malo conservar siempre el mismo entusiasmo, colorido y ruido feliz cada 12 meses para nuestro onomástico?
Yo no tendría PERO alguno si se pudiera volver a armar una fiesta como la de esos ayeres, omitiría a favor de los invitados la llevadera de obsequios, pero hasta las invitaciones de Mickey Mouse les mandaría para que gustaran de acompañarme. No veo nada de malo en conservar a nuestro “niño interior” y al contrario, no aplaudo el hecho de ir quitándonos años y experiencias, ni mucho menos el dejar de sentirse importante como para alguna vez dejar de festejarse.
Se trata de hoy, somos nosotros, hay que celebrar que estamos vivos, que estamos con bien y con quienes amamos. Mejor hoy que se puede que mañana cuando ya no se está presente.
Para ustedes ¿cómo sería la fiesta de cumpleaños ideal?
Yo pensaré en la mía y la haré en grande, cual pachanga de niña.

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